JESÚS. El hombre que cambió mi historia.

Mi historia comienza con Dios dándome la dicha de nacer en una familia cristiana, con unos padres que me amaron e instruyeron en el temor del Señor. Crecí dentro de la comunión con los hermanos de la Iglesia, escuchando cada domingo las enseñanzas de la Biblia. Sin embargo, durante mucho tiempo viví sin tener una relación personal con Él.

Con el paso de los años fui construyendo una reputación de ‘cristiano’ dentro y fuera de la iglesia. Mis amigos sabían que creía en Dios e iba a un templo. Pero nada más allá de eso. Mi vida no era muy diferente a la del resto. Aún así, Dios me siguió amando y cuidando, y no es hasta ahora que puedo darme cuenta de todas las cosas de las cuales me guardó.

Recuerdo también que siempre fui un fracaso para el amor. Cuando conocía a una chica y me enamoraba de ella era casi seguro que iba a terminar bateado, y así fue muchas veces. Vivía con el anhelo de encontrar a alguien que me amara, que me dijera que tengo valor, una mirada que se dirigiera hacía mí. Por fuera portaba siempre la máscara de un cristiano, por dentro un vacío. Era un muerto que aparentaba vivir. Era una cisterna rota, una que no retiene agua.

Pase años viviendo así, fingiendo que todo estaba bien, pero las apariencias no duran para siempre. En el fondo nada estaba bien. El temor, el vacío, sólo iban cobrando fuerzas. A veces oraba a Dios y le pedía de su ayuda, pero no estaba dispuesto a darle mi vida, me conformaba con ofrecer mi presencia en el templo y mi voz en los cantos. Mi historia era la de un Jonás, la de alguien que intentaba huir de Dios y no tener nada serio con Él. Pero Dios es tan bueno que siempre tiene preparada una tormenta y un gran pez.

A mediados de mi tiempo en la preparatoria pude conocer a grandes amigos y a una chica en especial, me enamoré de ella, estaba fascinado, encantado, todo apuntaba a que el resto de mi historia la compartiría con ella. Pero, no fue así. Su vida, sus afectos tenían un rumbo distinto. Y yo ... me sentí tan solo. Lloré, sufrí como nunca antes. Había entregado mi corazón a algo que no era capaz de llenarlo. Lo alce sólo para verlo caer y hacerse pedazos. Puedo imaginar la tristeza de mi Señor al verme así alejado de Él.

Pasaron los meses y en mi mente y corazón me rehusaba a aceptar la idea de que no era recibido en la vida de alguien. Solamente me hacía daño y le hacía daño a los demás. Por mi necedad padecí de algunos problemas de salud debido a la ansiedad que embarga a mi alma. Dios llamaba a mi vida y yo sólo quería ignorar que las suertes apuntaban hacía mí.

Cargué con odio durante mucho tiempo, con un dolor que parecía no tener sentido. Hubo momentos en que las cosas parecían ir mejor, y yo trataba de salir adelante por mi propia cuenta como aquellos marineros que echaban los enseres al mar. Al final, no pude más. Las circunstancias me echaron al agua. Sentía que me ahogaba. “Pero Jehová tenía preparado un gran pez.”

Un día de septiembre, la ira y el dolor llegaron a su límite. Me dirigí a mi casa, me encerré en el baño. Tomé una navaja. De pronto, silencio. No quería vivir. No quería morir. El dolor que cargaba por dentro me hundía en el abismo. Ya no más historia. Había llegado a su final. “¿De verdad así va a terminar?” pensé. Me comencé a cortar los brazos. Veía la vida escurrir de mis muñecas. Sentí frío. Justo antes de hacer el corte preciso para acabar con todo, me detuve. No lo hice. No pude. No podía. Por alguna razón, tiré la navaja, me miré al espejo y lloré. Esta no es la historia que quería para mi vida. Estando dentro de aquel ‘vientre’, de corazón pedí perdón al Señor.

Pasaron muchas cosas después de ese incidente, en mi casa, en mi escuela, nada siguió igual. Me pude acercar más a mis padres y a mis hermanos. La soledad menguaba. A pesar de todas las dificultades logré terminar la preparatoria, sanar las viejas heridas e incluso reconciliarme con aquellos que había herido.

Durante todo ese proceso Dios estuvo ahí, en el barco, en el agua, en el pez. Jamás me abandonó. Ahora que estaba en tierra firme hacía falta una cosa más.

Recuerdo que abrí mi Biblia y comencé a hojearla en la carta a los Romanos. Leía y leía hasta llegar al capítulo 3. Muchas veces había leído esa parte, más de las que puedo contar, pero no fue sino hasta esa ocasión que pude ver con claridad que Dios había enviado a Su Hijo Jesús para morir en la cruz por mis pecados. Que él había cargado con mi culpa. Que ahora podía ser aceptado delante de Dios. No por mis esfuerzos sino por su gracia. Hice una oración de agradecimiento a Dios por Jesucristo, pedí perdón por mis pecados y le entregué mi vida.

Pude hallar en Jesús ese amor que buscaba, pude hallar en él el valor de mi vida, pude hallar la mirada que tanto anhelé.

Siempre que pienso en esto me sorprendo, todo apuntaba a que ahí acabaría en el fondo del mar. Con una historia trágica de un hombre rebelde y obstinado. Pero Dios es bueno, jamás me dejó, y finalmente pude conocer a Jesús y disfrutar de una relación personal con él. Sólo él cambió mi historia.


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Joven Abraham Nájera Santos

I.B. Betsean

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